Biblioteca Popular José A. Guisasola


Lecturas

Encuentro nocturno
Raúl Astorga


La otra noche decidí ir caminando a casa a la salida del trabajo. Eran casi las nueve de la noche, y esperar el colectivo era un suicidio ya que a esas horas puede demorar entre cuarenta y cincuenta minutos. El frío de mi nariz me confirmaba una temperatura de un grado, con una sensación térmica de cuatro bajo cero. Hasta aquí, ésto no parece literatura, más bien el escueto informe de un noticiero de media noche.

La calle San Juan, desde Paraguay hasta Oroño está oscura por su escasa luminosidad artificial y la arboleda que crece al borde de la calzada. Ese tramo de mi ciudad sólo pasará a la historia porque en la intersección con España estuvo, hace unos meses Mónica Antonópulos rodando “Cuestión de principios”, más precisamente una escena de un incidente con su coche rojo; de la cual participaron también Pablo Echarri y Federico Luppi, pero eso queda en un plano secundario. Hasta aquí, ésto no parece literatura, más bien una apostilla de un cronista de espectáculos.

Antes de llegar a Dorrego, viniendo del lado del río, hay un minimarket, un quiosquito quiero decir. De allí salía, y casi me lleva por delante, un flaco alto que lucía, si le cabe la palabra, una capa negra de plástico brillante y un antifaz mal recortado. No era exactamente Batman ni el Zorro. Cuando se dio vuelta para pedirme disculpas por el leve contacto de nuestros hombros, me señaló con el dedo índice de no me acuerdo qué mano y me dijo, con voz grave: Raulo, vos sos el Raulo. ¿Ya no te acordás de mí? Pensé de inmediato en el chiste fácil: Bernardo no sos, el Guasón tampoco. Pero su tono fue lo bastante serio como para cometer esa torpeza. Soy el Cachi, me dijo con entusiasmo, como para devolverme la memoria rápidamente. ¡Caaachi! le dije, en realidad, sin acordarme de quién era el Cachi. ¿En qué andás? le pregunté amigablemente. Vení, vení, te invito con un café y te cuento. Le iba a decir que estaba apurado, pero recordé que existe este blog y acepté.

Entramos al minimarket, que tenía unas mesitas de bar y una máquina para hacer café express. Miré a mi alrededor porque, la verdad, nunca había estado compartiendo un café con un superhéroe, se llamara como se llamara, Súpercachi, Cachiman, o lo que fuere. Me comentó en voz baja, como si fuera un secreto de estado, que salía todas las noches con ese atuendo para que no lo reconocieran. Te digo, la verdad, Raulo, me da un poco de vergüenza, es que recorro no menos de cinco quioscos por noche comprando chocolatines Jack, para ver si encuentro el muñequito de la vecinita de enfrente, aquella que era pretendida por Oaky, ¿te acordás? Lo miré con preocupación, porque se tratara de quién se tratara, evidentemente me conocía, y se había quedado en el tiempo o, no sé, era una situación extraña y con ese frío, hasta pensé que estaba alucinando. Le pregunté, con mucho tacto, como para no ofenderlo, para qué cornos, aunque no usé esta palabra, quería ese muñequito. Me dijo que en la empresa donde estaba laburando reapareció quien fuera su primera novia que lo había abandonado en su preadolescencia porque él, sin intención, le había perdido ese muñequito quebrándole una colección inigualable que ella poseía por esa época. Agregó el Cachi que el incidente se había producido una noche de luna llena en la plaza del barrio Industrial, y que a pesar de haber buscado con linterna primero y, una vez acabada la pila, con sol de noche después, los pastos se habían apropiado para siempre de esa magnífica réplica del dibujito de García Ferré. Culminó diciendo que ella sólo volvería con él si le conseguía ese muñequito y, aunque pasaron treinta y dos años, el chocolatín sigue vendiéndose y aquí estoy, suspiró el Cachi.

¿Tenés hijos? me preguntó. Una hija, le dije. De inmediato me arrojó sobre la mesa cuatro muñequitos entre los que se encontraba algún personaje de los Simpsons y me dijo: tomá, lleváselos, a mí no me sirven. Me aclaró que se comía los chocolatines por el frío pero que, lamentablemente, si lo alcanzaba el verano sumergido en esa búsqueda, iba a tener que desistir. Total, agregó, la Clau me atiende bien igual, es dulce, tenés que verla con ese uniforme blanco y una delicadeza al hablar. Vos, Raulo, te tenés que acordar de ella, me dijo. Sí, cómo no me voy a acordar, le respondí con poca convicción.

El Cachi se levantó rápido. Hace un frío bárbaro me dijo, ¿vas para allá? ¿para el lado de Oroño? Sí, vamos. Caminamos juntos dos cuadras y en la semipenumbra intenté recordar quién podría ser el Cachi, pero no me dio tiempo, se despidió con una palmada en la espalda y, haciendo agitar su capa, saltó las rejas negras de una casona de paredes blancas y jardín con farol, y mientras tocaba un timbre me hizo adiós con la mano.



Raúl Astorga
Rosario, Santa Fé
Argentina


El blog de Raúl Astorga
Raúl Astorga, escritor y periodista rosarino.

Blog: Vivo en Rosario

Email: raul.astorga@yahoo.com.ar
“Por una biblioteca popular más inclusiva, solidaria y comprometida con la sociedad”
Ir Arriba