Biblioteca Popular José A. Guisasola


Lecturas


Fidel José García (Bocha) nació en El Perdido, Estación José A. Guisasola, un 29 de noviembre de 1.947.

Cursó sus estudios primarios en la Escuela Nº4; primero en el anexo de la Flia. Corral y luego en el edificio principal. Al inaugurarse la Escuela Nº 23 pasó a la misma como la mayoría de los alumnos que vivían de ese lado de la vía.

Los estudios secundarios lo llevaron a Bahía Blanca, al Colegio Don Bosco por tres años, y luego a Coronel Dorrego, Colegio Nacional Anexo Comercial, donde terminó como Perito Mercantil.

Cumplió con el servicio militar como integrante de la Clase 47, siendo uno de los jóvenes agasajados en el famoso Baile de la Clase que se realizó en los salones del Club Progreso de El Perdido. Radicado después de esta experiencia definitivamente en Bahía Blanca.

No deja de visitar su amado pueblo cada vez que le es posible; asistió a la fiesta de los 100 años de El Perdido, de la Escuela Nº 4, el aniversario 110 de El Perdido, la fiesta de los alemanes del Volga y ahora se acercó por la convocatoria para el 11-05-14 de ex residentes.

Actualmente participa en el Taller Literario Katrú, dirigido por el excelente poeta Rionegrino (de Allen) radicado en Bahía Blanca, Daniel Martínez. Participará además como invitado en la expresión cultural Poesía en la Calle que se realiza por iniciativa de los poetas Paz Bongiovanni y León Peredo.

En su reciente visita y recorrida por su pueblo recreó en un poema gauchesco el reencuentro con su casa natal y en una alegoría musical su visita a la vieja estación de ferrocarril José A. Guisasola, así como una semblanza de un personaje de su niñez que fue librero y vecino, amigo e integrante, adoptado de su familia: don Martín Sorensen.




Un tal Martín Sorensen
por Bocha García


Martín había llegado a mi casa y a mi familia, antes de mi nacimiento; venía desde la lejana Dinamarca.

En un extremo de la confitería-bar de mis padres apodada por sus más conspicuos parroquianos como “El Malvón”. Él había instalado su “kiosco-librería” y en una habitación solitaria que daba al inmenso patio comunitario, patio techado de parras y perfumado de malvones, constituido su hogar.

A su manera de tío postizo, ayudó a criar a mi padre, a mis tíos y tías, y ahora hacía lo mismo conmigo y lo haría un poco después con mi hermano tres años menor que yo.

Austero en sus gustos, elegante en la forma de vestir, sobrio y respetuoso en el trato; no le conocí mujer, creo mitigaba de algún modo su secreta soledad con nuestro cariño y admiración hacia su persona.

Eran habituales los paseos al mediodía en primavera u otoño, bajo su tutela, pisando los durmientes a lo largo de la vía, desde la estación hasta el paso a nivel, en un recorrido de aproximadamente cinco cuadras, rodeados de paja brava, gorriones y torcazas, que venían a comer el trigo caído de los vagones, y que levantaban vuelo a nuestro paso para posarse luego aquí y allá disputándose los mejores granos.

Pinocho, su perro y por ende nuestro perro, peludo y juguetón, era compañía obligada y festiva de cada momento y el perseguidor sin resultados de cada pájaro que veía como para dejar claro quién era el amo de ese territorio de rieles lustrosos y quebracho dormido en un suelo de pedregullo filoso.

Llegados a destino y bajando el terraplén, una calavera de vaca que aún conservaba sus dos cuernos, pero ya no el resto del esqueleto, era el asiento donde yo descansaba, para reponerme del pequeño esfuerzo que me demandaba el trayecto, habíamos llegado a la famosa “cabeza de vaca”.

Los recorridos tenían también otros destinos, la plaza del pueblo era uno de ellos, y no faltaría mi instantánea que él me sacaría sentándome en la base de la estatua de Rivadavia, ubicada en el centro de la misma, con su vieja máquina a rollo de 12 fotos blanco y negro.

Pero mi paseo preferido y el que quedará por siempre grabado en mi memoria, era nocturno, se producía una vez por semana y marcaría mi vida por siempre.

Miércoles y a punto de dar las 22 horas en el viejo reloj de pared del kiosco de Don Martín. Apaga su vieja radio a válvula, finamente forrada en madera marrón claro, con su dial central luminoso, redondo, como un inmenso ojo de vidrio. Un cable fino y retorcido bajaba desde el receptor hasta un tarrito lleno de tierra que descansaba en el piso.

¿Y eso? Pregunté… Es una antena, me dice, para que no se vaya la onda.

A mis cinco años me bastaban su palabra, su sabiduría para mí infinita y su mirada protectora, para que todo fuera verdad y cualquier respuesta, suficiente.

Para qué entonces hacerme comentarios técnicos que sabía yo no entendería…

Apaga la luz, cierra con llave el local, me toma de la mano, abre la contigua puerta que daba acceso a “El Malvón”, saluda a mis padres y les dice:

“Nos vamos a la estación”.

El tren de pasajeros que desde Buenos Aires llegaba a Bahía Blanca y que pasaba por mi pueblo, nos convocaba.

Casi toda la gente está allí, es una Kermes Ferroviaria, la llegada del tren.

Unos esperan a alguien, otros lo despiden y los demás, solo disfrutan de encontrarse con quien no han visto durante el día, para charlar o tomarse de las manos, sin que la mamá de Ella los vea; ya llegará el tiempo de blanquear el romance, pero por ahora, será la estación el lugar de ocultos encuentros.

Un solo ojo luminoso se agranda en el horizonte.

El jefe de la estación sale, farol de kerosene en mano, abanicando el aire.

Haciendo girar su prisma de cristales cóncavos, deja fijo el de color verde, se instala al borde del andén y da la bienvenida al ogro negro, que devorando distancias y arrastrando una larga fila de vagones llenos de ventanas luminosas y pasajeros impacientes, arriba a mi pueblo.

Un bufido de carbón negro brota de su chimenea, chorros de vapor blanco salen de su costado y convierten el lugar en un paisaje londinense; por un instante, los más cercanos a la locomotora son fantasmas vagando por el andén…

Un chirrido metálico de frenos y por fin el silencio, se despeja el humo, se disipa el vapor, se produce el milagro… ¡¡¡el Tren está ahí!!!

Martín me tira suavemente de la mano, que no soltó nunca, y allí vamos…

Chimino, el comisionista, ya abrió la ventanilla, asoma su gorra con visera negra brillante, su uniforme ferroviario gris y su sonrisa blanca… saluda afectuosamente a Martín y a mí, nos alcanza el “paquete tesoro” que contiene los diarios y revistas que vienen desde la capital, y que mañana, leerá el pueblo entero.

El tren por fin se va… también se va la gente, se apagan las luces de la estación; para casi todos, la fiesta ha terminado, para casi todos, no para mí.

Retornamos al kiosco, abrimos la puerta, encendemos la luz, Martín apoya el paquete sobre el mostrador, saca su preciada cortaplumas, de un solo golpe corta el hilo sisal, y el contenido queda libre.

“Yo ayudo” exclamo, y sin esperar su aprobación, ya la tengo con su sonrisa, comienzo a separar el material.

La Nación a la izquierda, siguen Para Ti, luego Radiolandia, y por fin aparecen ellos, tomo un ejemplar de El Gráfico, ese para Fidel, otro de Patoruzito, este para Trini y para mí.

Papá y mamá están acostados en su cama de dos plazas, me hacen lugar al medio y la ceremonia comienza.

Papá hojea su revista, revive el partido del domingo pasado, me cuenta de las atajadas de Musimessi, de los quites de Colman, de los lujos de Mouriño y de los goles de Borello.

Ganó Boca y todos festejamos otra vez; le doy un beso y me recuesto sobre mamá que tiene en sus manos el Patoruzito; en solo un minuto, se siente el olor a empanadas de la Chacha, me río de las travesuras de Isidorito y salgo con Patoruzito enancado en Pamperito a recorrer la estancia, y salvar a algún indio en apuros… al final me duermo con un beso en la frente y una sonrisa en el rostro.

Mañana será otro día, devolveré las revistas, Martín me volverá a tomar de la mano y me llevará a un nuevo paseo, a un nuevo destino, para que mi mundo de aventuras que él creó, jamás tenga fin.




Foto: Don Martín Sorensen



Bocha García 11/05/14

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